La quiebra monetaria de Occidente

En esta sección del análisis monetario de Occidente de Murray Rothbard, se analiza la historia de los patrones monetarios y la influencia que tuvieron los gobiernos en su adopción

[Este artículo se ha extraído de ¿Qué ha hecho el gobierno de nuestro dinero?]

Para entender el actual caos monetario, es necesario seguir brevemente los desarrollos monetarios internacionales del siglo XX y ver cómo cada paquete de defectuosas intervenciones inflacionistas se ha venido abajo por los problemas que conllevan, solamente para dejar el espacio para otra batería de intervenciones. La historia del orden monetario mundial del siglo XX puede dividirse en nueve fases. Examinemos ordenadamente cada una.

Fase I: El patrón oro clásico, 1815-1914.

Podemos considerar al patrón oro “clásico”, el mundo occidental del siglo XIX e inicio del XX, como una Edad de Oro, literal y metafóricamente. Con la excepción del molesto problema de la plata, el mundo seguía el patrón oro, lo que significaba que cada divisa nacional (el dólar, la libra, el franco, etc.) era simplemente un nombre para cierta cantidad de oro. Por ejemplo, el “dólar” se definía como 1/20 de una onza de oro, la libra esterlina era poco menos de ¼ de onza y así sucesivamente. Esto significaba que los “tipos de cambio” de las distintas divisas nacionales eran fijos, no porque fueran controladas arbitrariamente por el gobierno, sino de la misma forma que una libra de peso es por definición igual a dieciséis onzas.

El patrón oro internacional significaba que los beneficios de tener un medio monetario se extendían por todo el mundo. Una de las razones del crecimiento y la prosperidad de los Estados Unidos ha sido el hecho de que habíamos disfrutado de una moneda en todas las partes del país. Hemos tenido un patrón oro, o al menos un solo patrón dólar, en todo el país y no tuvimos que sufrir el caos de cada ciudad y condado emitiendo su propia moneda que luego fluctuara respecto de las de otras ciudades y condados. El siglo XIX mostró los beneficios de una sola moneda por todo el mundo civilizado. Una moneda facilitaba la libertad de comercio, inversión y movimiento por toda esa área monetaria y de comercio, con el consecuente crecimiento de la especialización y la división internacional del trabajo.

Debe hacerse énfasis en que el oro no fue seleccionado arbitrariamente para ser el patrón monetario. El oro se ha desempeñado durante muchos siglos en el libre mercado como el mejor dinero, como el producto que resulta ser el medio monetario más estable y deseable. Y sobre todo, la oferta y provisión de oro estaba sólo sujeta a las fuerzas del mercado y no a la arbitraria emisión del gobierno.

El patrón oro internacional ofrecía un mecanismo automático al mercado para controlar el potencial inflacionista del gobierno. También ofrecía un mecanismo automático para mantener en equilibrio la balanza de pagos de cada país. Como apuntó el filósofo y economista David Hume a mediados del siglo XVIII, si una nación, por ejemplo, Francia, aumenta su oferta en francos de papel, sus precios suben; el incremento en los ingresos en francos de papel estimula la importación del exterior, que también se fortalece por el hecho de que los precios de las importaciones son ahora relativamente más baratos que los de los productos internos. Al mismo tiempo, los altos precios locales impiden la exportación: la consecuencia es un déficit en la balanza de pagos, que debe ser pagada a los países canjeando los francos en oro. El flujo hacia el exterior del oro significa que Francia debe finalmente contraer sus excesivos francos en papel para prevenir la pérdida de todo su oro. Si la inflación ha tomado la forma de depósitos bancarios, entonces los bancos franceses tendrán que contraer sus préstamos y depósitos para evitar la bancarrota a medida que los extranjeros se dirigen a éstos para canjear sus depósitos por oro. La contracción baja los precios locales y genera un aumento en las exportaciones, revirtiendo así el flujo del oro, hasta que los niveles de precios se igualan en Francia y los demás países.

Es verdad que las intervenciones de los gobiernos anteriores al siglo XIX rebajaron la rapidez de este mecanismo del mercado y permitieron un ciclo de negocio de inflación y recesión dentro del marco del patrón oro. Estas intervenciones fueron, en concreto: el monopolio gubernamental de la acuñación, las leyes de moneda de curso legal, la creación del papel moneda y el desarrollo de la banca inflacionista favorecido por cada uno de los gobiernos. Pero aunque estas intervenciones ralentizaban los ajustes del mercado, dichos ajustes mantenían en definitiva el control de la situación. Así pues, aunque el patrón oro del siglo XIX no era perfecto y permitía expansiones y contracciones relativamente pequeñas, aún así nos ofrecía el mejor orden monetario que haya conocido el mundo, un orden que funcionaba, que evitaba que los ciclos de negocio se desmandaran y que permitía el libre desarrollo del comercio, intercambio e inversión internacionales.[1]

Fase II: La Primera Guerra Mundial y su posguerra, 1914-1926.

Si el patrón oro clásico funcionaba tan bien, ¿por qué se abandonó? Se abandonó porque se confió a los gobiernos la tarea de mantener sus promesas monetarias, de hacer que las libras, dólares, francos, etc. fueran siempre canjeables en oro, tal como ellos y su sistema bancario controlado habían prometido. No fue el oro el que falló, fue el disparate de confiar en que el gobierno cumpliría sus promesas. Para iniciar la catastrófica Primera Guerra Mundial, cada gobierno tuvo que incrementar su propia oferta de moneda bancaria y en papel. Esa inflación fue tan severa que fue imposible que los gobiernos en guerra mantuvieran sus compromisos y así “abandonaron el patrón oro”, es decir, declararon su propia quiebra a poco de entrar en la guerra. Todos excepto los Estados Unidos, que entraron tarde en guerra y no expandieron la oferta de dólares como para poner en peligro la convertibilidad.

Pero aparte de EE.UU., el mundo sufrió lo que algunos economistas hoy día consideran el Nirvana de los tipos de cambio de libre flotación (llamados ahora “tipos de cambio sucio”), las devaluaciones competitivas, bloques de divisas en guerra, controles de cambios, aranceles y cuotas y el desmoronamiento del comercio y la inversión internacionales. Las libras, francos, marcos, etc. inflados se depreciaron en la relación con el oro el dólar: el caos monetario se extendió por el mundo.

Felizmente, en aquel tiempo había pocos economistas que consideraran esta situación como el ideal monetario. Se entiende generalmente que la Fase II estuvo en el umbral del desastre internacional y los políticos y economistas miraron a su alrededor para encontrar maneras de restaurar la estabilidad y libertad del patrón oro clásico.

Fase III: El patrón de intercambio por oro (Inglaterra y Estados Unidos), 1926-1931.

¿Cómo volver a la edad dorada? Lo más sensato hubiera sido reconocer los hechos de la realidad, el hecho de la depreciación de la libra, el franco, el marco, etc. y volver a patrón oro a un tipo redefinido: un tipo que reconocería la oferta de dinero y los niveles de precios existentes. Por ejemplo, la libra esterlina ha sido tradicionalmente definida como un peso equivalente a 4,86$. Pero hacia el final de la Primera Guerra Mundial, la inflación en Inglaterra había rebajado el valor de la libra a aproximadamente 3,50$ en el mercado de cambios internacionales. Otras divisas se depreciaron de forma parecida. Los sensato hubiera sido que Inglaterra volviera al oro a aproximadamente 3,50$ y que los demás países hubieran hecho lo mismo. Se hubiera vuelto a la Fase I de suave y rápidamente. En vez de hacerlo, los británicos tomaron la fatal decisión de volver al oro a la antigua paridad de 4,86$.[2]

Lo hicieron por razones de “prestigio” nacional británico y en un vano intento de reestablecer Londres como centro financiero de “moneda fuerte” del mundo. Para conseguir tener éxito en esta locura heroica, Inglaterra habría tenido que rebajar enormemente su oferta monetaria y sus niveles de precios, ya que a 4,86$ los precios de exportación en libras británicas eran demasiado altos para ser competitivos en los mercados mundiales. Pero la deflación estaba entonces fuera de lugar políticamente, porque el crecimiento de los sindicatos, apoyados por un sistema nacional de seguro de desempleo, había hecho que los tipos de los salarios no permitieron bajar éstos: para generar deflación, el gobierno británico hubiera tenido que invertir el crecimiento de su estado del bienestar. De hecho, los británicos querían continuar expandiendo moneda y precios. Como consecuencia de la combinación de inflación y el retorno a una paridad sobrevalorada, las exportaciones británicas cayeron durante todos los años 1920 y el desempleo fue muy grave en todo ese periodo, cuando la mayoría del mundo experimentaba un crecimiento económico.

¿Cómo podían intentar los británicos estar a la vez en misa y repicando? Estableciendo un nuevo orden monetario internacional que indujera u obligara a otros gobiernos a mantener inflación o volver al oro o a paridades sobrevaloradas para sus divisas, dañando sus propias exportaciones y subvencionando las importaciones desde Inglaterra. Esto es precisamente lo que hizo Inglaterra, al promover, en la Conferencia de Génova de 1922, la creación de un nuevo orden monetario internacional, el patrón de intercambio por oro.

El patrón de intercambio por oro funcionaba de la siguiente forma: Los Estados Unidos permanecían en el patrón oro, canjeando dólares por oro. Inglaterra y los otros países occidentales, por el contrario, volvían a un pseudopatrón oro, Inglaterra en 1926 y los demás países por esa misma época. Las libras británicas y otras divisas no eran pagables en monedas de oro, sino en barras de gran tamaño, sólo disponibles para transacciones internacionales. Esto evitaba que los ciudadanos corrientes de Inglaterra y otros países europeos utilizaran el oro en su vida diaria y así se posibilitaba un mayor nivel de inflación bancaria y en papel. Pero además, Inglaterra canjeaba las libras, no en oro, sino también en dólares, mientras que otros países no canjeaban en oro, sino en libras. Y la mayoría de esos países fueron inducidos por Inglaterra a volver al oro en paridades sobrevaloradas. La consecuencia fue una pirámide con EE.UU. en el oro, las libras esterlinas en los dólares y las demás divisas europeas en libras: el “patrón de intercambio por oro”, con el dólar y la libra como las dos “divisas clave”.

Por tanto, cuando Inglaterra se expandía y experimentaba un déficit en su balanza de pagos, el mecanismo del patrón oro no operaba para restringir rápidamente la inflación británica. Pues otros países, en lugar de canjear sus libras por oro, mantenían las libras y se expandían a partir de ellas. De esta manera, Inglaterra y Europa podían expandirse sin control y el déficit británico podía acumularse sin las restricciones propias de la disciplina del mercado del patrón oro. En lo que se refiere a Estados Unidos, Inglaterra podía inducirles a inflar los dólares para no perder muchas reservas en dólares u oro a su favor.

Lo que pasaba es que el patrón de intercambio por oro no podía durar: las consecuencias deben al final pagarse, pero sólo como una desastrosa reacción al largo aumento inflacionario. A medida que las balanzas en libras esterlinas se acumulaban en Francia, EE.UU. y todas partes, la más mínima pérdida de confianza en la cada vez más tambaleante y la mal diseñada estructura inflacionaria estaban destinadas a llevar al colapso general. Eso es precisamente lo que ocurrió en 1931: la quiebra de los bancos expandidos en toda Europa y el intento de la “moneda fuerte” francesa de canjear sus libras esterlinas por oro, llevó a Inglaterra a abandonar completamente el patrón oro. En poco tiempo le siguieron los demás países europeos.

Fase IV: Divisas fiduciarias flotantes, 1931-1945.

El mundo volvió al caos monetario de la Primera Guerra Mundial, salvo por el hecho de que ahora parecía haber pocas esperanzas de restaurar el oro. El orden económico internacional se había desintegrado en un caos de tipos de cambio flotantes sucios y limpios, devaluaciones competitivas, controles de cambios y barreras al comercio; se inició un guerra económica y monetaria internacional entre divisas y bloques de divisas. El comercio y la inversión internacional quedaron prácticamente paralizados y el comercio se llevaba a cabo a través de acuerdos de trueque realizados por gobiernos compitiendo y en conflicto con los demás. El Secretario de Estado Cordell Hull apuntó repetidamente que esos conflictos monetarios o económicos de los años 1930 fueron la causa principal de la Segunda Guerra Mundial.[3]

Los Estados Unidos permanecieron en el patrón oro durante dos años y después, en 1933-34, lo abandonaron en un vano intento de salir de la depresión. Los ciudadanos estadounidenses ya no podrían canjear sus dólares en oro e incluso se les prohibió poseer oro alguno, ni aquí ni en el extranjero. Pero los Estados Unidos mantuvieron después de 1934 una nueva fórmula peculiar del patrón oro, en la cual el dólar, ahora redefinido como 1/35 de onza de oro, era canjeable en oro por gobiernos extranjeros y bancos centrales. Se mantenía una relación con el oro. Además, el caos monetario en Europa llevó a que el oro afluyera al único refugio monetario relativamente seguro, los Estados Unidos.

El caos y la desbocada guerra económica de los años 1930 dejaron una importante lección: el grave fallo político (aparte de los problemas económicos) en la idea monetaria de Milton Friedman y la Escuela de Chicago de las divisas fiduciarias de flotación libre. Pues lo que los seguidores de Friedman harían (en nombre del libre mercado) sería cortar completamente todos los lazos con el oro, dejar el control absoluto de cada divisa nacional en manos de su gobierno central emitiendo billetes como moneda de curso legal y luego aconsejar a cada gobierno que deje a su divisa flotar libremente con respecto a todas las demás divisas fiduciarias, así como abstenerse de expandir su divisa demasiado escandalosamente. El grave fallo político es dar control total de la oferta monetaria al estado-nación y después esperar que éste se abstenga de usar ese poder. Como el poder siempre tiende a usarse, incluyendo la capacidad de falsificar legalmente, la ingenuidad, así como la naturaleza estatista, de este tipo de programa debería ser una cruda evidencia.

Así, la desastrosa experiencia de la Fase IV, el mundo de los años 1930 de dinero fiduciario y guerra económica, llevó a las autoridades de EE.UU. a adoptar como su principal objetivo económico en la Segunda Guerra Mundial la restauración de un orden económico internacional viable con el que se pudiera restaurar el comercio mundial y los frutos de la división internacional del trabajo.

Fase V: Bretton Woods y el nuevo patrón de intercambio por oro, 1945-1968.

El nuevo orden internacional fue concebido y luego dirigido por los Estados Unidos en una conferencia monetaria internacional en Bretton Woods, New Hampshire, a mediados de 1944 y ratificado por su Congreso en julio de 1945. Aunque el sistema de Bretton Woods funcionaba mucho mejor que el desastre de los años 1930, sólo existió como una reedición inflacionista del patrón de intercambio por oro de los años 1920, e igual que en los años 1920 se mantuvo con alfileres.

El sistema era esencialmente el patrón de intercambio por oro de los años 1920, pero con el dólar desplazando violentamente a la libra esterlina como una de las “divisas clave”. Ahora el dólar, valorado en 1/35 de onza de oro, iba a ser la única divisa clave. La otra diferencia con los años 1920 fue que el dólar ya no iba a ser convertible en oro para los ciudadanos estadounidenses, en su lugar se continuó con el sistema de los años 1930, con el dólar sólo convertible en oro para gobiernos extranjeros y sus bancos centrales. No se otorgaba a ningún individuo privado, sólo a los gobiernos, el privilegio de canjear dólares en la divisa oro mundial.

En el sistema de Bretton Woods, los Estados Unidos pusieron  los dólares (en papel moneda y depósitos bancarios) por encima del oro, al que podían los gobiernos convertir los dólares. Puesto que los Estados Unidos empezaron la posguerra con una enorme existencia de oro (unos 25.000 millones de dólares) había mucho margen para afrontar reclamaciones en dólares. Además, el sistema podía “funcionar” por un tiempo porque todas las divisas mundiales volvieron al nuevo sistema a las paridades previas a la Segunda Guerra Mundial, muchas de las cuales estaban altamente sobrevaloradas en términos de sus infladas y depreciadas divisas. Por ejemplo, la inflada libra esterlina volvió a 4,86$, aunque valía mucho menos que eso en términos de poder de compra en el mercado. Al haber sido el dólar artificialmente infravalorado y la mayoría de las otras divisas sobrevaloradas en 1945, el mundo sufría una escasez de dólares, que el contribuyente estadounidense se suponía debía compensar para ayudar al exterior. En resumen, el aumento de la exportación debida a la infravaloración del dólar estadounidense iba a ser parcialmente financiado por el desventurado contribuyente estadounidense en forma de ayuda externa.

Al haber mucho margen para la inflación antes de que hubiera consecuencias, el gobierno de Estados Unidos se dedicó a una política monetaria de posguerra de inflación monetaria continua, una política que ha llevado a cabo alegremente desde entonces. Para los inicios de los años 1950, la continua inflación estadounidense empezó a estrangular el comercio internacional. Pues mientras los EE.UU. inflaban y expandían dinero y crédito, los principales gobiernos europeos, muchos de ellos influidos por consejeros monetarios “austriacos”, llevaron a cabo una política de dinero relativamente “fuerte” (por ejemplo, Alemania occidental, Suiza, Francia, Italia). La repentinamente inflacionista Inglaterra se vio obligada por su fuga de dólares a devaluar la libra a niveles más realistas (por un tiempo, aproximadamente 2,40$).

Todo esto, combinado con el incremento de la productividad en Europa y posteriormente en Japón, llevó a un continuo déficit en la balanza de pagos con los Estados Unidos. Según iban pasando los años 1950 y 1960, EE.UU. se fue volviendo cada vez más inflacionista, tanto en términos absolutos como relativos, respecto de Japón y Europa Occidental. Pero el control del patrón oro clásico sobre la inflación (especialmente la inflación en Estados Unidos) había desaparecido. Porque las reglas de juego de Bretton Woods estipulaban que los países de Europa Occidental tenían que seguir acumulando en sus reservas e incluso utilizar esos dólares como base para inflar su propia moneda y crédito.

Pero a medida que pasaban los años 1950 y 1960, los países de monedas fuertes de Europa Occidental (y Japón) se fueron inquietando por verse forzados a acumular dólares que estaban cada vez más sobrevalorados, en lugar de infravalorados. A medida que caía el poder de compra y por tanto el valor real de los dólares, éstos eran cada vez menos deseados por los gobiernos. Pero estaban encadenados a un sistema que cada vez se parecía más a una pesadilla. La reacción estadounidense ante las quejas europeas, encabezadas por Francia y el principal asesor monetario de DeGaulle, el economista partidario del patrón oro clásico Jacques Rueff, fue el desdén y un brusco rechazo. Los políticos y economistas estadounidenses simplemente declararon que Europa estaba obligada a emplear los dólares como divisa, que no se podía hacer nada respecto de sus problemas de crecimiento y que por tanto EE.UU. podía seguir con su inflación despreocupadamente manteniendo una política de “dejadez benigna” hacia la consecuencias monetarias internacionales de sus propias acciones.

Pero Europa tenía la opción legal de convertir el oro sus dólares a 35$ la onza. Y como el dólar estaba cada vez más sobrevalorado en términos de divisas fuertes y oro, los gobiernos europeos empezaron a ejercitar esa opción cada vez más. Se empleaba el control del patrón oro, así que el oro fluyó continuamente fuera de EE.UU. durante dos décadas a partir de inicios de los años 1950, hasta el punto de que las existencias de oro de EE.UU. disminuyeron en este periodo de 20.000 millones de dólares a 9.000 millones. Como el dólar se inflaba al haber una base en oro que menguaba, ¿cómo podía EE.UU. seguir canjeando dólares extranjeros por oro, la piedra angular del sistema de Bretton Woods?

Estos problemas no aminoraron la continua inflación de dólares y precios en EE.UU. o su política de “dejadez benigna”, lo que generó a finales de los 1960 una acumulación acelerada de no menos de 80.000 millones de dólares no deseados en Europa (los llamados eurodólares). Para tratar de detener el canje europeo de dólares por oro, EE.UU. ejerció una presión política intensa sobre los gobiernos europeos, similar pero a una mayor escala a la que ejerció Inglaterra sobre Francia para que no canjeara sus libras esterlinas hasta 1931. Pero las leyes económicas para ponerse al menos a largo plazo al nivel de los gobiernos y eso es lo que le pasó al gobierno de EE.UU. tan despreocupado por la inflación a finales de los 1960. El sistema de intercambio por oro de Bretton Woods (considerado por el poder económico y político de EE.UU. como permanente e inexpugnable) empezó a deshacerse rápidamente en 1968.

Fase VI: La descomposición de Bretton Woods, 1968-1971.

Al acumularse los dólares en el exterior y continuar fluyendo el oro hacia allí, EE.UU. encontró cada vez más difícil mantener el precio del oro a 35$ la onza en los mercados libres del oro en Londres y Zurich. Treinta y cinco dólares la onza era piedra angular del sistema, y aunque a los ciudadanos estadounidenses desde 1934 se les había prohibido poseer oro en cualquier parte del mundo, otros ciudadanos habían disfrutado de la libertad de poseer oro en barras o monedas. Por tanto, para los europeos una forma canjear por oro sus dólares era venderlos a cambio de oro a 35$ la onza en el libre mercado. A medida que se inflaba y depreciaba el dólar y continuaba el déficit de la balanza de pagos estadounidense, los europeos y otros ciudadanos empezaron a incrementar sus ventas de dólares por oro. Para mantener al dólar a 35$ la onza, el gobierno de EE.UU. se vio forzado a filtrar oro de sus menguantes existencias para soportar el precio en Londres y Zurich.

Una crisis de confianza en el dólar en los mercados libres del oro llevó a los Estados Unidos a efectuar un cambio fundamental en el sistema monetario en 1968. La idea era evitar que el molesto mercado libre del oro pusiera nunca en riesgo el acuerdo de Bretton Woods. Por ello nació el “mercado de oro de dos niveles”. La idea era que dificultar todo lo posible el libre mercado del oro: estaría estrictamente aislado de la actividad monetaria real en los bancos centrales y gobiernos del mundo. Los Estados Unidos ya no tratarían de mantener el precio del oro en el mercado libre a 35$: se ignoraría el libre mercado del oro y todos los demás gobiernos acordarían mantener el valor del dólar a 35$ la onza para siempre.

Por tanto, los gobiernos y bancos centrales del mundo no adquirirían más oro del mercado “externo” y no venderían más oro a ese mercado, desde ahora el oro sólo se movería como cuentas de un banco central a otro y las nuevas ofertas de oro, el libre mercado del oro o la demanda privada de oro seguiría su propio camino completamente separado de los acuerdos monetarios mundiales.

Junto a esto, EE.UU. presionó fuertemente para el nuevo lanzamiento de un nuevo tipo de reserva mundial de billetes, los Derechos Especiales de Giro (DEG), que esperaban que reemplazaran definitivamente al oro al tiempo que servirían como nueva divisa en papel a ser emitida por un futuro Banco de Reserva Mundial; si se estableciera un sistema como ese, los Estados Unidos podrían expandirse eternamente sin control, en colaboración con otros gobiernos del mundo (el único límite sería entonces el desastre de una inflación mundial desbocada y la quiebre de la divisa mundial en papel). Pero los DEG, combatidos intensamente como cabía esperar por Europa Occidental y los países de “monedas fuertes”, hasta ahora sólo han sido un pequeño suplemento a las reservas estadounidenses y de otras divisas.

Todos los economistas pro-papel, de los keynesianos a los friedmanitas, confiaban ahora en que el oro desaparecería de sistema monetario internacional: sin “soporte” del dólar, todos ellos predijeron confiadamente que el precio del oro en el libre mercado bajaría pronto por debajo de 35$ la onza en incluso por debajo del precio “industrial” no-monetario estimado de 10$ la onza: por el contrario, el precio libre del oro, nunca por debajo de 35$, ha estado constantemente por encima de esa cifra y para inicios de 1973 había llegado a cerca de 125$ la onza, una cifra que ningún economista pro-papel hubiera pensado como posible un año antes.

Lejos de establecer un nuevo sistema monetario permanente, el mercado del oro de dos niveles sólo dio un respiro de unos pocos años: la inflación y el déficit estadounidense continuaron. Los eurodólares se acumularon rápidamente, el oro continuó fluyendo hacia el exterior y el precio superior del oro en el mercado libre reveló simplemente la acelerada pérdida de confianza mundial en el dólar. El sistema de dos niveles llevó rápidamente hacia la crisis y la disolución final de Bretton Woods.[4]

Fase VII: El fin de Bretton Woods: divisas fiduciarias flotantes, agosto – diciembre de 1971.

El 15 de agosto de 1971, a la vez que el Presidente Nixon imponía una congelación de salarios en un vano intento por controlar la inflación galopante, llevaba asimismo al sistema de posguerra de Bretton Woods a un estruendoso final. Como finalmente los bancos centrales europeos amenazaban con canjear por oro buena parte de sus hinchadas existencias en dólares, el Presidente Nixon abandonaba totalmente el oro. Por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el dólar era una moneda únicamente fiduciaria, sin ningún soporte en el oro. Se había cortado incluso el tenue enlace con el oro que se mantenía desde 1933. El mundo se zambullía en el sistema fiduciario de los años 1930, pero peor, porque ahora ni siquiera el dólar estaba ligado al oro. Por delante amenazaba el terrible espectro  de los bloques de divisas, las devaluaciones competitivas, la guerra económica y la quiebra de comercio y la inversión internacionales, con la depresión mundial que eso conllevaría.

¿Qué hacer? Intentando restaurar un orden monetario internacional sin ligazón con el oro, los Estados Unidos llevaron al mundo al Acuerdo Smithsoniano del 18 de diciembre de 1971.

Fase VII: El Acuerdo Smithsoniano, diciembre de 1971 – febrero de 1973.

El Acuerdo Smithsoniano, calificado por el Presidente Nixon como “el mayor acuerdo monetario de la historia del mundo” era incluso más tambaleante y frágil que el patrón de intercambio por oro de los años 1920 o que Bretton Woods. Pues de nuevo los países del mundo se comprometieron a mantener tipos de cambio fijos, pero esta vez sin oro o moneda mundial que diera algún respaldo a las divisas. Además, muchas monedas europeas se fijaron en paridades infravaloradas en relación con el dólar y la única concesión de EE.UU. fue una endeble devaluación de tipo oficial del dólar a 38$ la onza. Aunque demasiado escasa y demasiado tarde, esta devaluación fue importante al violar la inacabable serie de declaraciones oficiales estadounidenses, que se comprometían a mantener el tipo de 35$ por siempre. Ahora al menos se aceptaba implícitamente que el precio de 35$ no estaba grabado en tablas de piedra.

Era inevitable que los tipos de cambio fijos, incluso con las zonas acordadas de fluctuación, pero sin un medio de intercambio mundial, estuvieran condenados a una rápida derrota. Esto era especialmente cierto porque la inflación estadounidense de dinero y precios, la declinación del dólar y el déficit de la balanza de pagos continuaban descontrolados.

La hinchada oferta de eurodólares, combinada con la continua inflación y la eliminación del respaldo del oro, llevó al libre mercado de oro a un precio superior a 215$ la onza. Y como la sobrevaloración del dólar y la infravaloración de las monedas fuertes europeas y japonesa se hacía cada vez más evidente, el dólar acabó destrozado en los mercados mundiales en los meses del pánico de febrero-marzo de 1973. Les fue imposible a Alemania Occidental, Suiza, Francia y los demás países de monedas fuertes continuar comprando dólares para soportarlos a un tipo sobrevalorado. En poco más de un año, el sistema Smithsoniano de tipos de cambio fijos sin oro se había estrellado contra las rocas de la realidad económica.

Fase IX: Divisas fiduciarias flotantes, marzo de 1973 – ?.

Con el dólar destrozado, el mundo volvió a cambiar a un sistema de divisas fiduciarias flotantes. Dentro del bloque de la Europa Occidental, los tipos de cambios se ligaron entre sí y de nuevo EE.UU. devaluó el tipo oficial del dólar a una cantidad simbólica de 42$ la onza. A medida que el dólar bajaba en el cambio de divisas y el marcó alemán, el franco suizo y el yen japonés alzaban el vuelo, la autoridades estadounidenses, apoyada por los economistas friedmanitas, empezaron a pensar que éste era el sistema monetario ideal. Es verdad que las crisis de excedentes de dólares y las repentinas crisis de la balanza de pagos no afligen al mundo bajo los tipos de cambios flotantes. Además, las empresas exportadoras estadounidenses a sonreír, pues los tipos bajistas del dólar hacían que sus mercancías fueran más baratas en el exterior y por tanto beneficiaban a la exportación. Es verdad que los gobiernos continuaban interfiriendo con fluctuaciones en los cambios (flotaciones “sucias” en lugar de “limpias”), pero en general, parecía que el orden monetario internacional se había sumido en una utopía friedmanita.

Pero en seguida se advirtió que las cosas estaban lejos de ir bien en el actual sistema monetario internacional. El problema a largo plazo es que los países de monedas fuertes no se quedarán siempre parados y viendo cómo sus divisas se hacen cada vez más caras y sus exportaciones se dañan en beneficio de sus competidores estadounidenses. Si continúa la inflación y la depreciación del dólar estadounidenses, pronto empezarán las devaluaciones competitivas, los controles de cambios, los bloques de divisas y la guerra económica de los años 30.

Pero la otra cara de la moneda es más inmediata: el hecho de que depreciar los dólares signifique que las importaciones estadounidenses sean mucho más caras, se resienta el turismo en el exterior y que las exportaciones baratas se expandan por países extranjeros tan rápidamente que eleven los precios locales de las exportaciones (por ejemplo, la inflación de los precios de la carne y el trigo estadounidenses). Así que los exportadores estadounidenses sin duda se benefician, pero sólo a costa del consumidor a lomos de la inflación. La paralizante incertidumbre de rápidas fluctuaciones en los tipos de cambio ha llegado abruptamente a los hogares estadounidenses con la veloz caída de los mercados de intercambio de divisas de julio de 1973.

Desde que EE.UU. abandonó completamente el oro en agosto de 1971 y estableció el sistema fiduciario flotante friedmanita en marzo de 1973, los Estados Unidos y el mundo han sufrido el ataque más intenso y sostenido de inflación en la historia del mundo. Hoy día debería estar claro que no puede ser una coincidencia. Antes de que el dólar se desprendiera del oro, keynesianos y friedmanitas, cada uno a su manera partidarios del papel moneda fiduciario, predecían confiadamente que cuando se estableciera el dinero fiduciario, el precio de mercado del oro bajaría de inmediato a su nivel no-monetario, entonces estimado en alrededor de 8$ la onza.

Con su desdén por el oro, ambos grupos mantenían que era el poderoso dólar el que impulsaba el precio del oro y no a la inversa. Desde 1971, el precio de mercado del oro nunca ha estado por debajo del viejo precio de 35$ la onza y casi siempre ha estado muy por encima de él. Cuando, durante los años 1950 y 1960, economistas como Jacques Rueff pedían un patrón oro a un precio de 70$ la onza, ese precio se consideraba absurdamente alto. Ahora es aún más absurdamente bajo. El muy alto precio del es una indicación del calamitoso deterioro del dólar desde que han triunfado los economistas “modernos” y se ha quitado todo respaldo en oro.

Ahora queda demasiado claro que el mundo está harto de la inflación sin precedentes, en EE.UU. y el resto del mundo, que se ha avivado con la era de divisas fiduciarias flotantes inaugurada en 1973. También estamos cansados de la extrema volatilidad e incertidumbre de los tipos de cambio. Esta volatilidad es la consecuencia del sistema de moneda fiduciaria nacional, que fragmentó el dinero mundial y añadió una inestabilidad política artificial a la incertidumbre natural del sistema de precios del libre mercado. El sueño friedmanita de dinero fiduciario flotante está hecho añicos y hay un comprensible anhelo de una moneda internacional con tipos de cambio fijos.

Por desgracia, el patrón oro clásico permanece olvidado y el objetivo final de la mayoría de los líderes mundiales y estadounidenses es la antigua visión keynesiana de un patrón de moneda fiduciaria mundial, una nueva unidad monetaria emitida por un Banco de Reserva Mundial (BRM). El que la nueva divisa se llame “bancor” (ofrecido por Keynes), “unita” (propuesta por el dirigente del Tesoro Estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, Harry Dexter White) o “fénix” (sugerido por The Economist) no importa. Los importante que un papel moneda internacional, aunque de por sí nos libre de crisis de balanzas de pagos (ya que el BRM podría emitir tantos bancors como quisiera y suministrarlos al país que prefiera), abriría camino para una inflación mundial ilimitada, sin posibles controles mediante crisis de balanzas de pagos o bajadas en los tipos de cambio.

Así pues, el BRM sería el todopoderoso determinante de la oferta monetaria mundial y su distribución nacional. El BRM podría someter y sometería al mundo a lo que considerara que es una inflación razonablemente controlada. Por desgracia, no habría nada que se interpusiera en el camino de un inimaginable holocausto económico de una inflación galopante mundial, es decir, nada excepto la dudosa capacidad del BRM para ajustar la economía mundial.

Mientras que un papel moneda y un banco central mundiales siguen siendo el objetivo último de los líderes mundiales de orientación keynesiana, el objetivo más realista y cercano es un retorno la una idea similar al glorioso Bretton Woods, excepto que esta vez sin el control de ningún respaldo en oro. Los principales bancos centrales del mundo ya están intentando “coordinar” las políticas monetarias y económicas, armonizar los índices de inflación y fijar tipos de cambio. El camino militante en búsqueda de un papel moneda europeo emitido por un banco central europeo parece estar a punto de lograrse con éxito. Este objetivo se está presentando a la gente crédula mediante la falaz afirmación de que el libre comercio de la Comunidad Económica Europea (CEE) requiere necesariamente una superior burocracia europea, un sistema impositivo uniforme en toda la CEE y en particular un banco central y un papel moneda europeo. Una vez que se logre todo esto, inmediatamente se continuará con una coordinación más estrecha con la Reserva Federal y otros grandes bancos centrales. Y después ¿faltaría mucho para un Banco Central Mundial? Sin embargo, antes de ese objetivo definitivo, nos podemos ver pronto en otro Bretton Woods, con crisis de la balanza de pagos de todos los participantes y la Ley de Gresham que se seguiría de tipos de cambio fijos en un mundo monedas fiduciarias.

Con vistas al futuro, el pronóstico para el dólar y el sistema monetario internacional es sin duda sombrío. Mientras no volvamos al patrón oro clásico a un precio realista, el sistema monetario internacional esta condenado a ir alternando tipos de cambio fijos y flotantes en los que cada sistema plantee problemas insolubles, funcione deficientemente y finalmente se desintegre. Y estimulando esa desintegración estará la continua inflación de la oferta de dólares y por tanto de los precios en Estados Unidos sin visos de terminar. Lo que se espera del futuro es una aceleración finalmente desbocada en el interior, acompañada por una quiebra monetaria y una guerra económica en el exterior. Este diagnóstico sólo puede cambiarse mediante una drástica alteración de sistema monetario estadounidense y mundial: mediante la vuelta a un producto dinero de libre mercado, como el oro, y apartando completamente al gobierno de la escena monetaria.


El artículo original se encuentra aquí, y la fuente original de la versión traducida, aquí.

[1] Para un estudio reciente de patrón oro clásico y una historia de las fases tempranas de su quiebra en el siglo XX, ver Melchior Palyi, The Twilight of Gold, 1914-1936 (Chicago: Henry Regnery, 1972).

[2] Sobre el crucial error británico y sus consecuencias como origen de la depresión de 1929, ver Lionel Robbins, The Great Depression (Nueva York: MacMillan, 1934).

[3] Cordell Hull, Memoirs (Nueva York, 1948) I, página 81. Ver también Richard N. Gardner, Sterling-Dollar Conspiracy (Oxford: Clarendon Press, 1956) página 141, publicado en España como La diplomacia del dólar y la esterlina: orígenes y futuro del sistema de Bretton Woods-GATT (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1994).

[4] Sobre el mercado del oro de dos niveles, ver Jacques Rueff, The Monetary Sin of the West (Nueva York: MacMillan, 1972).

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